SIN TROMPO DE PONER

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OJOS LLENOS DE ABRIL

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SIN TROMPO DE PONER


"Los escritos de Paul Paniagua subliman el espíritu, conquistan la alegría, y nos hacen ver la vida con humor y optimismo... Desde el título, Paul Paniagua nos penetra en un espacio lúdico, inspirado en los juegos de trompos. Para el autor, el texto es una métafora de la vida.Es un liSbro original que atrapa al lector.. Estos textos hiperbreves no se pueden leer con el ceño fruncido, sino una una amplia sonrisa. " Dra. Mara L. García BYU

"Mis textos descubren el misterio de la vida, las cosas, y aún hasta en una toalla vieja o inodoro cualquiera, se desenmascara la ocasión de reír y llorar. Espero que mis textos enseñen a enfrentar la vida sin miedo; no hay razón para no ser feliz en ella. No hay excusa para no serlo ni trompo de poner alguno que tenga que pagar por nuestras culpas". Paul Jr Paniagua


SIN TROMPO DE PONER



EL INODORO


El inodoro irrumpe en protesta. Se estremece de llanto. No acepta su terrible destino. Solloza. Traga de todo. Anticipa saldar cualquier cuenta pendiente. No se da por vencido. Sufre acoso moral. Le resulta absurdo contemplar el suicidio. No se acobarda. Sigue de pie resoluto.


Wednesday, September 7, 2011

LA COLA




La cola es un genuino experimento semi-fallido de equilibrio para abolir la ineficiencia y el desorden. Aparecen generalmente en las oficinas de gobierno, en los puestos de dulces, periódicos, carnicerías, tortillerías, supermercados y carros de perros calientes. La cola es un fenómeno elusivo  de blusas pasteles, blancas, camisas almidonadas y playeras; trajes de gala cuando se tramitan licencias matrimoniales tardías. Es terriblemente impredecible. La cola se extiende interminable; crece entre nudos Gordianos y giros imprevistos. Es un eslabón perpetuo, un laberinto de cámaras secretas sin salida que casi nunca resuelve nada.
La cola sin embargo, se vuelve divertida en los parques de diversiones y las playas. La integran pugilistas, fotógrafos, gimnastas, periodistas, futbolistas, roqueros, luchadores, alpinistas, amas de casa y gente común y corriente.  Hay estilistas y peluqueros que comienzan sus escuelas de belleza con los que integran la misma cola. Hay grandes empresas que se han originado en la espera y modelos que ahí comenzaron sus carreras artísticas; también hospitales y prósperas funerarias. No se diga circos y conciertos de rock que, aprovechando el público presente, emprenden sus negocios. En la cola hay perros chihuahuenses e hipopótamos formados en la línea al lado de sus dueños como en la primaria; no hay cocodrilos ni leones, para evitar alguna tragedia, a menos que el circo los traiga.
La  cola es una parodia de todo atraso. Existió en la revolución mexicana en la pared de fusilamiento y en  Francia en el camino a la guillotina. Es una trampa que puede resultar fatal para aquéllos que, llegando por fin a la ventanilla de servicio al cliente, olvidan el propósito por el cual se agregaron a  ella  o avanzan ilegítimamente. El merecido castigo  para aquéllos que se cuelan en la cola, sin respetar el derecho de otros, o para aquéllos que muestran desdén  por este invento y guiño burocrático -- porque hay de esas personas-- es el mismo: la pared de fusilamiento, si no la guillotina, aunque esto último sería tortura, un castigo cruel y terrible. A pesar de todo, la cola es el mejor recurso que existe para comenzar un romance con alguna chica o chico despistado, unificar un pueblo, y así asegurar la supervivencia de la especie humana. Ha habido intentos irresponsables por abolirlas o desacreditarlas, asignándole números a los afectados o fijando citas por teléfono con los mismos, pero todos estos intentos han fracasado. Las  colas serán siempre imprescindibles mientras haya imperfecciones humanas y funcionarios públicos que pierdan el tiempo planeando vacaciones o conciliando su chequera bancaria en su trabajo. Las colas son patrimonio y herencia nacional.

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