SIN TROMPO DE PONER

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OJOS LLENOS DE ABRIL

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SIN TROMPO DE PONER


"Los escritos de Paul Paniagua subliman el espíritu, conquistan la alegría, y nos hacen ver la vida con humor y optimismo... Desde el título, Paul Paniagua nos penetra en un espacio lúdico, inspirado en los juegos de trompos. Para el autor, el texto es una métafora de la vida.Es un liSbro original que atrapa al lector.. Estos textos hiperbreves no se pueden leer con el ceño fruncido, sino una una amplia sonrisa. " Dra. Mara L. García BYU

"Mis textos descubren el misterio de la vida, las cosas, y aún hasta en una toalla vieja o inodoro cualquiera, se desenmascara la ocasión de reír y llorar. Espero que mis textos enseñen a enfrentar la vida sin miedo; no hay razón para no ser feliz en ella. No hay excusa para no serlo ni trompo de poner alguno que tenga que pagar por nuestras culpas". Paul Jr Paniagua


SIN TROMPO DE PONER



EL INODORO


El inodoro irrumpe en protesta. Se estremece de llanto. No acepta su terrible destino. Solloza. Traga de todo. Anticipa saldar cualquier cuenta pendiente. No se da por vencido. Sufre acoso moral. Le resulta absurdo contemplar el suicidio. No se acobarda. Sigue de pie resoluto.


Sunday, January 15, 2012

REAPERTURA



El Sr. Sánchez era Michoacano; padre abnegado, amante de su esposa y seis hijos hasta entonces. Tenía seis años de haber llegado a Tijuana después de una larga estadía en los Estados Unidos. Al regresar a su patria, estableció su negocio ambulante de flautas y tortas en la Ave. Revolución. Nunca imaginó que después de haber administrado su rancho en su tierra natal, su fama se extendería en tan poco tiempo, reconociéndosele como un renombrado cocinero, pero no por sus habilidades administrativas como el hubiera deseado, sino mas bien por su inigualable sazón en la cocina. Fueron sus exquisitas flautas las que le permitieron volver a comenzar otra vida después de haber abandonado el extranjero.
El Sr. Sánchez esperaba al director de Salubridad, preocupado, sentado en una silla vieja carcomida. Absorto en sus pensamientos y hundiendo su rostro caído entre sus manos, se preguntaba, ¿cómo alimentaría aquellos hijos suyos ahora?, ¿qué pasaría con los guisados de pollo, carne, y flautas que se habían quedado sobre los quemadores en su carrito ambulante de rodado? Y, pensando en su negocio que tanto le había costado trabajo establecer, ¿qué sería ahora de él y sus seres queridos?
El secretario de Salubridad de Mexicali, capital del Estado de Baja California, Norte, había mandado clausurar cientos de puestos sobre la Avenida Revolución de Tijuana hasta no resolver el misterio de la intoxicación ocurrido en aquella localidad. La
secretaría hizo pasar al siguiente vendedor, quien también esperaba su turno. Don Antonio álvarez se levantó erguido al escuchar su nombre. Molesto por aquella injusticia en su contra, argumentó su caso con maestría y elocuencia ante el director de Salubridad. Proclamaba su inocencia a los cuatro vientos, identificando a la empresa culpable de aquel descuido. Trató persuasivamente de convencer al director de su inocencia. Don Antonio perdía el control al ver que sus argumentos se venían al suelo. Pero él no desistía; arremetía con convicción ante el azoro del director. Le apuntaba con el dedo índice repetidas veces, casi rozándole la nariz, acusándole en el altercado de ser un servidor público corrupto. Su inocencia parecía ser irrefutable, contundente y su defensa, insuperable. No hubo suficiente evidencia en su contra para detenerle. Sin embargo, el director de Salubridad, enfurecido por su atrevimiento, le echó de la oficina. Pero no sin antes asegurarle que le desenmascararía y descubriría como el conspirador de aquel envenenamiento. Don Antonio no soportó tal injuria y azotó la puerta entre perjurios y amenazas.
El director le gritó enfurecido:
--¡Tú seguirás bajo investigación! Luego, el Director lo señaló con el dedo índice, acusándolo de la misma manera que Don Antonio lo había acusado a él, sin poder probarle nada en su contra.
el Sr. Sánchez escuchaba consternado aquellos gritos y alegatos. Sabía que sus habilidades discursivas dejaban mucho que desear. Sabiéndose impedido en la oratoria, como Moisés de Egipto, sintió entonces su causa perdida sin la ayuda de los cielos. Miró a su amigo Antonio, quien no se cansaba de injuriar al director. Antonio sabía cómo resolver el problema, pero se rehusaba a hacerlo. Salió indignado de esa oficina, olvidándosele que afuera estaba por enfrentarse a un futuro frío e incierto.
--¡¡El que sigue!!, se escuchó decir.
El Sr. Sánchez se levantó y, encomendándose a San Martín de Porres, se dirigió indeciso hacia el escritorio.
--¿Y usted?, ¿qué desea?, le preguntó la secretaria.
--Busco hablar con el director. --¿Cuál es su nombre?, y ¿le conoce el director? --Sí, desde niño, pero no sé si me recuerde. Yo soy un afectado
de las clausuras de la Calle Revolución. --¿Afectado, víctima?, ja,ja,ja,ja; sí, cómo no, irrumpió la
secretaria. Mejor diría perpetrador, ¿no le parece? Su limitado vocabulario y su escasa educación de un sólo día de
primaria, le impidió entender la insólita acusación en su contra. -- ¿Puedo pasar a ver al jefe?, repitió. --!Pase¡, ya le anuncié. Armándose de valor, entró a su oficina.
--¿Qué busca aquí?, le preguntó el director.
—-- Jefe, vengo a verle. Necesito su ayuda. Me cerraron mi negocio. Ya no puedo vender más allí, y tengo seis hijos que alimentar y una mujer que me necesita. Quítele por favor el sello federal que le puso usted a mi puesto, el que tiene la güilota. Necesito trabajar.
El director le miró despectivamente, con aires de grandeza. Reconoció al Sr. Sánchez como el flautero de la Preparatoria Federal, un hombre inferior. Sacó varios volúmenes enciclopédicos de su enorme biblioteca y los colocó sobre su escritorio. Abrió el primer volumen de la ley de comercio y le empezó a leer los códigos y reglamentos de salud que regían todo establecimiento o puesto ambulante en la ciudad. Luego le dijo:
—--Yo sé que tu negocio está localizado en la Avenida Revolución. Las violaciones que se han cometido son serias y cuantiosas. Mira . . . . el artículo número 9 y 10 dice que ningún negocio de rodaje puede permanecer más de un día en el mismo lugar. Tú no sólo estás anclado, sino que hasta bajas la electricidad del poste de luz clandestinamenente. Seguro ni la pagas. Es más, ni motor tiene tu carrito ambulante según me cuentan. El artículo número 18 dice que tu esposa y tú deben cubrirse la cabeza al cocinar. El artículo número 19 de salud indica que no puede existir ningún negocio a menos de 100 metros a la redonda del Hospital Civil. El Sr. Sánchez se entristeció al escuchar violación
tras violación a los reglamentos del código de comercio y la salud. El director continuó hojeando página tras página, enunciado en voz alta cada artículo, estatuto, número, clave e infracciones que se habían cometido. Después, pasó a un segundo y a un tercer volumen, finalizando con una denuncia incriminatoria.
—Sr. Sánchez, le voy a arrestar, le dijo el director.
--Fuiste tú quien intoxicaste a casi toda la avenida principal, ¿verdad?
El señor Sánchez sintió la garganta granosa y seca, y le contestó diciendo:
--¡Jamás! Sr. Director. Usted sabe muy bien que yo sólo cocino con productos de calidad. Todo es mexicano.
--Ah, leal, ¿no me diga?
--Por supuesto, y del P.R.I. Señor Director. Tengo años vendiendo flautas y tortas en frente del Hospital Civil y la Preparatoria Federal. Vengo ganándome la vida así desde que usted era un joven y siempre he cocinado con los mejores productos que mi país es capaz de producir. Pero, ¿yo, el responsable de esa desgracia?, ¡Jamás!
El Sr. Sánchez pensaba en su familia y las repercusiones de aquel fallo. Entonces dijo:
—Jefe, ya me leyó tres libros completos de artículos, códigos civiles y penales y creo hasta la misma constitución nacional. Jefe, con toda honestidad en todo eso que ha leído, ¿no habrá algún artículo, algún código, algún renglón, alguna página extraviada que hable a mi favor?
El director de Salubridad, le miró fijamente a los ojos y, sorprendido ante aquella inesperada, bien pensada, y provocante argumentación y oratoria, y sin poder contenerse, soltó una risotada que se escuchó por toda la oficina y antesala. Entonces, el director tomó un papel de su escritorio, lo firmó y le dijo:
—Sr. Sánchez, váyase a trabajar amigo. Me ha dado usted una cátedra de jurisprudencia y sentido común bien merecida. Ya me hiciste olvidar este mal rato que he pasado con ese amigo tuyo. Sólo te pido algo, cuando abras tu tortera ambulante o carrito o
como le llamas, recuerda estacionarla de reversa o de lado, o parada viendo el cielo, ¡ja,ja,ja,ja!, si puedes por supuesto. Pero no se te vaya ocurrir dejarla en la misma posición que se encuentra ahora. Cada día tienes que moverla un poquito, aunque sea un centímetro. No quiero que las malas lenguas piensen que no te sancioné.
El Sr. Sánchez salió con su permiso en mano, mientras el director se decía a sí mismo:
—¡Ah!, ¡qué flautero!, qué bueno que no me cobró las flautas que le debo. Ya está viejo este hombre; y si me cobra, qué más da.
El Sr. Sánchez, por su lado, sabiendo muy bien con quién trataba se decía:
--¿Quién iba a pensar que me encontraría con este ladrón una vez más?
El Sr. Sánchez rompió el sello federal de clausura de su puesto de rodado, y lo movió de su lugar. Siguió la instrucción del director, y lo estacionó de perfil griego viendo hacia el oriente, anticipando mejores tiempos. No quedó duda alguna de su inocencia. El director tenía ya días que había sancionado la empresa “Harina la Espiga” por mezclar accidentalmente el veneno para ratas con sus productos. La empresa abastecía la mayoría de los negocios de la ciudad. Sin embargo, el director seguía extorsionando a quien podía.


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Copyright 2011



Paul Panigua
Sin Trompo de Poner
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